viernes, 18 de mayo de 2007

Últimamente

pienso mucho en la muerte. Hoy en la madrugada se cumplió un año desde que murió un buen amigo. Ayer me vi en la ridícula necesidad de vestirme de negro, y pensaba en hacerlo también hoy y mañana, plan que fue frustrado por el descubrimiento de que sólo me queda una camisa negra completamente funcional -antes tenía cuatro, mínimo, más las playeras-; sin embargo, el luto que no porto en la ropa, lo llevo encima.

Él, E, debe haber sido mi primer amigo. Lo conocí antes de entrar a la escuela, cuando su madre se mudó a Villahermosa, con él -que a la sazón tenía un año de edad- y con su hermano, J, recién nacido. Crecimos juntos; fuimos a las mismas escuelas por mucho tiempo; jugábamos fútbol en la calle -practicábamos centros y tiros a gol en su jardín- y NES y SuperNES en nuestras casas; veíamos pelis y nadábamos los fines de semana... Hubo una marcada separación entre nosotros cuando yo me cambié de escuela, separación que se hizo mucho más profunda cuando me fui a Veracruz, a cursar el último año de la preparatoria. A partir de entonces nos veíamos sólo una o dos veces al año, casi siempre con mucha gente alrededor -era increíble la cantidad de gente que lo seguía, que lo idolatraba-, por lo que pocas veces pudimos platicar a gusto, como lo hacen los amigos. Siempre nos prometíamos que lo haríamos después; que él pasaría a la casa a tomarse unas cervezas, que yo pasaría a su casa otro día, cuando no hubiera gente... Eso nunca pasó, y es algo doloroso.

Cuando supe que había muerto, no lo sentí al principio sino como un golpe de aire -o de falta de aire-, una impresión fuerte, pero exenta de dolor, algo así como cuando se va la energía eléctrica a la mitad de una cena, de una lectura o de la redacción de un post largo. El tío con quien mejor me llevaba, padrino mío, padre de los primos hermanos más cercanos a mi núcleo familiar, había muerto unas semanas antes; el mismo sentimiento, como de vacío, nada más.

Tras sendas muertes fui a Villahermosa, a acompañar a las familias. Platicar. Francamente no recuerdo cómo me sentí. Sé que estaba triste, pero no como para llorar. Vacío, eso sí; falta de aire por momentos.


Termino de contar: la primera tarde que estuve en Villahermosa, tras la muerte de E, fui acompañado de mi hermano a ver a J y a su madre, cuya casa queda a unos cien pasos de la mía. Hablé con ellos, todo igual, yo, ecuánime, vacío a ratos, recordando -formas, partes de la casa, muebles, paredes, plantas, juguetes, objetos-, él, yo creo, más o menos igual, ella, deshecha. Familiares, amigos, comida, lo normal en estas ocasiones. Yo, incólume, vacío a ratos, recordando en voz alta junto con ellos. Pasó un rato y se hizo hora de salir (yo soy pésimo para las despedidas), y así lo hicimos.

Abrazos, buenos deseos, J nos acompaña de la puerta a la reja de salida; a la izquierda, el jardín, mientras caminábamos por el centro de la rampa de los autos, por la que bajamos cientos de veces en Avalancha, las flores rojas-anaranjadas con miel, el árbol de mango, el de nanche...

Esa fue la primera vez que lloré una muerte. Rodillas al suelo y todo.

Durante todo ese fin de semana tomé cerveza y escribí...

El lunes los resultados.

Joder con la relatividad del tiempo. Me parece que hace muchos años que no lo veo. Acabo de hacer un experimento, y me acuerdo perfectamente de su voz. Está diciendo groserías y se ríe.

Salud, pues.

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